Hay situaciones que nos tiran al abismo. Sin dejarnos pensar, incluso, sin darnos siquiera una manera de escapar, como solemos acostumbrarnos. No. Se aseguran de que no tengamos opción, que la única solución posible sea esa, la de hacer lo que tenemos que hacer. O en mejores palabras, ser lo que vinimos a ser, recordar quienes somos, y de una vez y para siempre, agarrar a la vida, mirarla de frente a los ojos y decirle: perdón por olvidarte y dejarte a oscuras, ahora vengo a brillar.
Porque aunque duela, hay personas que una vez que cumplen su misión, nos ayudan a cumplir la nuestra, de maneras que a veces, nos desgarran el alma. Si, así, como lo digo. Podrá sonar exagerado, pero no creo que haya una persona que niegue que esa sensación es real. Porque de veras, que nada en ese momento, puede darte un mínimo de alivio. Nada es más doloroso que eso. Y una vez que lo sentimos, todo cambia, nada en nuestras vidas es igual, aunque segundos después nuestra vida pareciera seguir normal. Existe algo en nuestro interior que se quema, o que se enciende, o que se transforma. Y marca un final, pero también un inicio. Marca el cambio de un ciclo. Nos marca por siempre.
Y aborrezco que necesitemos llegar a estas situaciones para darnos cuenta del poder de creación que nos regalaron, del poder que tenemos de ser lo que se nos ocurra ser, y consecuentemente, hacer. Aun así, agradezco que nos ocurran. Y que caigamos al abismo. Y que no nos den opción. Y que hagamos lo que vinimos a hacer. Sin más. Sin darnos la oportunidad de pensar. Bienvenidos, seres creadores. A partir de ahora, todo vale. Espero que caigan al abismo, al menos seremos muchos allí y podremos acompañarnos en el proceso.
PS.
Gracias, queridísima alma abuelana. Que me diste vida en un principio, y me hiciste renacer. Serás eterna. Nos encontraremos en otro momento. Espero recordarte. Un alma como la tuya no es difícil de confundir. Hasta siempre
Comentarios
Publicar un comentario